SECCIÓN DE ESTUDIOS DE LITURGIA MEDIEVAL

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Fundamentación

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 Un estudio profundo sobre el hombre y la cultura medievales no puede soslayar el elemento que ha sido la clave de bóveda de esta cultura, es decir, su tensión teocéntrica. Para el hombre medieval la Religio era una virtud aneja a la justicia, como parte potencial de ella, por la cual se daba a Dios el honor que le es debido (Cf. TOMÁS DE AQUINO, S. Th. II- IIae Q LXXXI). El hombre religioso era aquel que frecuentaba asiduamente las cosas del culto Divino (Cf. ISIDORO DE SEVILLA,  Etym. X). Este culto, si bien consistía principalmente en actos interiores, debido a la naturaleza humana necesitaba de actos exteriores capaces de conducir a los hombres a las realidades superiores, según aquello de San Pablo "Invisibilia Dei per ea quae facta sunt, intellecta conspiciuntur" (Cf. S. Th. II, IIae Q LXXXI, art. VII).

    Estos actos exteriores de culto a los que podemos llamar en su conjunto "liturgia", debían, para poder reflejar debidamente estas realidades superiores, reunir los elementos más elevados que el hombre podía producir, los cuales quedaban así consagrados a Dios.

    De este modo la liturgia era, para el hombre medieval, la “obra de arte” por excelencia; que reunía en sí lo más perfecto de la cultura humana puesto al servicio del culto. Verdadera “Gesamtkunstwerk” en la que se conjugaban filosofía, teología, literatura, música, artes plásticas y arquitectura. Sin embargo el hombre medieval tenía una concepción “holística” del culto y la cultura, según la cual estos diversos elementos cobraban vida al ser integrados en la realidad viviente de la liturgia. Por eso se ha de prestar especial atención, al abordar su estudio, de no atomizar y aislar estos diversos elementos que de lo contrario permanecerían, sin duda alguna, admirables, pero irremediablemente carentes de vida; diseminados en museos (las mismas Catedrales se ven reducidas, en cierto modo, a ser magníficos museos), salas de concierto, discos o bibliotecas.

     Por otra parte, siguiendo la concepción de la epístola a los Hebreos (Heb. 9, 24), el templo terrestre de Jerusalén y su altar no son sino la imagen del santuario que está en los cielos y en el que Cristo, sumo y eterno Sacerdote, ha entrado. La liturgia celeste y la terrestre no son, entonces, más que una.

     Teniendo ante los ojos la visión de Apocalipsis VIII, 3, tan cara al hombre medieval, en la que se halla un ángel de pie ante el altar de oro del cielo, con un incensario también de oro en las manos para ofrecer las oraciones de los fieles ante la faz de Dios y los ciento cuarenta y cuatro mil que cantan el cántico nuevo; podríamos decir que la liturgia terrestre es la “concelebración” mística con este culto celestial ante el trono del “Cordero”.

     La liturgia es así, por una parte, el icono de la liturgia celeste escatológica y, por otra, renueva en su simbolismo la historia de la salvación; es por esto que para el pensamiento medieval la interpretación mas profunda de la liturgia y sus elementos era la "espiritual" o "alegórica", en estrecha analogía con los cuatro sentidos de las Escrituras de la exégesis de la época (Cf. S. Th. I, Q I, art. X). “Todos los elementos presentes en los oficios, objetos y ornamentos de la Iglesia están plenos de símbolos y misterios divinos y cada uno de ellos destila una celestial dulzura, con tal que haya quien, escrutándolos con amor, sepa extraer la miel de la piedra y el aceite de la dura roca”, escribía Guillermo Durando en su Rationale, síntesis madura del pensamiento medieval al respecto.

     Un segundo aspecto, también muy importante de destacar, es la concepción analógica del culto: la multiplicidad ritual era una importante característica del occidente medieval de modo que, sostenida por una profunda unidad de fe y  asimismo hondamente enraizada en venerables tradiciones, podía hallarse una enorme variedad de ritos, usos y costumbres litúrgicas. Esta variedad era precisamente el fundamento de la analogía de la interpretación alegórica que llegaba al punto de permitir varias explicaciones distintas de un mismo gesto litúrgico.

Una vez mas, dice Guillermo Durando: "Es necesario tomar en consideración que en el culto divino se encuentra una multiplicidad de ritos. Porque prácticamente cada Iglesia tiene sus propias observancias y se enriquece con su sentido. Y no debe considerarse reprensible o absurdo que  se venere a Dios o a sus santos con diversos cánticos o melodías y con diversas observancias, puesto que la Iglesia triunfante misma, según el profeta, "está vestida con variedad" y que aún en la misma administración de los sacramentos se admite una gran variedad según el derecho establecido por la costumbre "

     Un tercer aspecto es el constante intercambio entre Oriente y Occidente. Mas allá de diferencias circunstanciales y de detalle hay una profunda identidad de espíritu y la frecuente oposición que hoy podemos observar se debe, en multitud de casos, a que muchos aspectos de las liturgias de Oriente, que hoy día nos parecen exóticos, han conservado, por diversos motivos, su aspecto medieval. Así la separación del santuario, con muros y cortinas ante el altar, las paredes del templo coloridamente pintadas, por dentro y tambien por fuera; la ausencia de bancos para los fieles, la música ricamente ornamentada, con ritmo medido y “a capella”, las lenguas arcaizantes y hasta incomprensibles, el simbolismo en los comentarios a la liturgia o el salterio de la  versión, con fuerte tensión cristiana, de la Septuaginta.

     Por esto hay un doble motivo para el tratamiento de las liturgias orientales como parte de nuestra materia de estudio: en primer lugar porque son, ellas mismas, medievales; en segundo lugar, porque son, con mucha frecuencia, testigos vivientes de usos existentes en la Edad Media que hace siglos han desaparecido en Occidente.  En definitiva, porque constituyen una “prolongación de la Edad Media”.